TIJUANA, B.C.– El público de esta frontera pudo conocer de primera mano parte del trabajo del artista visual Juan Soriano, de quien esta semana se conmemoró el primer centenario de su natalicio, lo que dio paso a la actualización de su memoria y a una serie de recapitulaciones críticas sobre su obra, poniendo de manifiesto su importancia en el desarrollo de la plástica mexicana de la segunda mitad del siglo XX.
Nacido en Guadalajara, Jalisco, el 18 de agosto de 1920, Soriano es “una de las figuras fundamentales del arte en México”, señaló el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura de la Secretaría de Cultura del Gobierno de México al rendir homenaje al pintor, quien falleció el 10 de febrero de 2006 en la Ciudad de México.
“El artista jalisciense creó una estética personal, inconfundible, que se manifestó tanto en su pintura como en su obra escultórica, gráfica y de escenografía”, precisó el INBAL al indicar que “fuera de todo canon oficial o adherencia a algún colectivo artístico del país, la figura de Soriano se destaca por su carácter experimental y por marcar líneas de transición de la práctica figurativa a lo abstracto y, posteriormente, dentro de la misma abstracción”.
Juan Soriano fue un “artista visual multidisciplinario y abstracto que trabajó pintura, escultura, cerámica, dibujo, tapiz, esmalte, teatro, gráfica y obra monumental”, consigna el Diccionario de Semblanzas publicado por la Subdirección de Exposiciones del Cecut, institución que exhibió cuatro obras del artista jalisciense como parte de la muestra “Coleccionismo en la plástica mexicana del siglo XX. Colección Ayala-Muñiz”.
La exposición reunió casi medio centenar de obras que en conjunto ofreció un panorama de la plástica mexicana del siglo pasado, con obras de Soriano, Rufino Tamayo, Chucho Reyes, Luis Nishisawa, Vicente Rojo y una veintena más de grandes artistas, entre quienes figuraron también María Izquierdo, Rina Lazo y Fanny Rabel.
Alojada en la sala 2 de la galería El Cubo, la colección permaneció de octubre de 2019 hasta principios de marzo de este año y puso al alcance del público la posibilidad de conocer de manera directa obra de estos grandes maestros de la plástica mexicana, entre quienes Soriano ocupa, por la relevancia de su obra tanto pictórica como escultórica y demás, un lugar destacado.
Si bien las obras de Soriano incluidas en esa exposición pertenecen a géneros menores, en comparación con su larga serie de retratos que le dieron fama, entre los que sobresalen sus extraordinarios cuadros de Guadalupe Marín –de la que la crítica Sylvia Navarrete afirma que “es un portento de inventiva plástica, de geometría descarriada y cromatismo desatado, que refrenda la lucha por no encasillarse en un lenguaje inmutable»–, al igual que los retratos de Octavio Paz y Elena Garro, o su deslumbrante “Pez luminoso”, sí arrojan luz sobre una de las grandes pasiones de toda la vida del artista jalisciense: el teatro.
De acuerdo con Elena Poniatowska, “en 1956 (Soriano) se sumó como miembro fundador al grupo Poesía en Voz Alta, en el cual participó activamente como escenógrafo y vestuarista en la propuesta de una nueva forma de compartir la palabra al lado de Octavio Paz, Elena Garro, Juan José Arreola y Leonora Carrington, entre otros. El grupo destacó por el concepto de llevar la poesía a la escenificación. Según Arreola, la intención era volver al origen del teatro, despojándolo de artificios innecesarios. Se trataba de un espectáculo para los sentidos”.
Según rememoró la escritora y periodista, “de los pintores mexicanos ninguno tan adicto al teatro como Juan Soriano porque montó con Diego de Mesa y Ofelia Guilmáin teatro clásico griego; Ofelia hizo todas las grandes reinas de la tragedia griega de Sófocles, Eurípides, Aristófanes… Sus trajes, sombreros y zapatos eran tan estrambóticos que ella protestó y todos los actores temieron caerse y le suplicaron a Soriano contener sus ímpetus al dibujar su vestuario”.
De la ardorosa pasión de Soriano por el teatro dejó constancia una de las obras de la Colección Ayala-Muñiz que expuso el Cecut; titulada “Cartel del Teatro Sullivan”, la pieza aparece firmada en 1960 y fue producida en técnica mixta. Se trata, como lo anuncia su título, de una obra con utilidad específica: promocionar el montaje de Electra, la tragedia de Eurípides con las actuaciones de Ofelia Guilmáin, Diego de Mesa, Pina Pellicer y un gran elenco, como parte de Poesía en Voz Alta.
Aunque en el conjunto de la obra de Soriano, esta pieza se ubica desde luego entre los géneros menores, no le resta interés por cuanto permite vislumbrar un momento temprano del proceso de hibridación entre el arte figurativo y la abstracción, que experimentaba entonces el joven Soriano, con personajes esbozados a grandes trazos cuyos contornos se diluyen en líneas y sombras que les dan apariencia espectral.
Las otras tres piezas de Soriano que el público tuvo a la vista en el Cecut son una acuarela sin título, fechada en 1960, que muestra un paisaje convencional de profusa vegetación en el que dominan naturalmente las tonalidades verdes, mientras que las dos restantes son dibujos a tinta, ambos de 1965, que por su composición simple dan la apariencia de ser esbozos o tal vez detalles de obras mayores: Garzas y Caballo son sus títulos.
Las cuatro obras de Juan Soriano expuestas en el Cecut forman parte de la Colección Ayala-Muñiz que desde octubre pasado pasó al acervo de la institución mediante un comodato indefinido.
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